Acoge el descanso que Dios te ofrece cada domingo
De niña, la llegada del otoño marcaba el fin de los días despreocupados del verano. De adulta, también he llegado a apreciar esos días pausados en los que unas cuantas tareas parecen ser mi única responsabilidad real. En nuestra vida ajetreada, a menudo anhelamos este respiro del ciclo de trabajo, de quehaceres y de mandados. Como cristianos, recibimos un descanso semanal para apartarnos de nuestras obligaciones diarias y entrar en el descanso de Dios.
El Catecismo describe el domingo como un “día del gozo y de descanso del trabajo” (CIC 1193). Sus raíces bíblicas se remontan al séptimo día de la creación, cuando Dios trabajó seis días y descansó el séptimo (Gn 2, 2). Tan importante es el descanso que Dios lo mandó al dar la Ley en el monte Sinaí: “Durante seis días trabajarás, pero el séptimo día deberás descansar” (Ex 34, 21).
Con la celebración de la Resurrección de Cristo en el Domingo de Pascua, el descanso dominical adquiere un sentido nuevo: restaura y ofrece un anticipo de la vida eterna. El domingo, predicó san Juan Pablo II en Dies Domini, está en el corazón de la vida cristiana, porque el corazón humano está hecho para la adoración. Centrado en el culto, el domingo culmina en la Eucaristía, el sacramento de la caridad, por el cual somos unidos a Cristo y, por medio de él, a nuestros hermanos y hermanas, los miembros de su Cuerpo.
Antes de la caída, Adán y Eva caminaban en la presencia de Dios. Vivían en comunión con él y entre ellos. La Misa despierta de nuevo esta disposición interior en nosotros. Busca restaurar la comunión original, perdida primero en el Edén, pues allí encontramos al Dios vivo, a quien recibimos en nuestra alma. Allí él permanece en nosotros y nos atrae a la comunión con los demás.
Esta comunión está hecha para vivirse. La despedida final de la Misa nos envía al mundo llevando a Cristo para compartirlo con los demás. Pero para ser sus discípulos y comunicar eficazmente el Evangelio, primero debemos conservar este descanso, esta comunión con Dios. Por eso la Iglesia da prioridad al ocio dominical y lo dedica como un día de oración y de vida en comunidad.
Maria Cintorino tiene un título en teología. Sus escritos han aparecido en varias publicaciones, entre ellas Homiletic and Pastoral Review, Our Sunday Visitor y National Catholic Register.
