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 | Por El Padre Michael Schmitz

¿Me equivoqué al no defender a Jesús y a la Iglesia?

 

P: El otro día estaba hablando con un amigo, y empezó a decir cosas negativas sobre Jesús y la Iglesia. Yo sabía que lo que decía no era verdad. No dije nada, pero sentí que debería haber hablado. Me siento muy mal por no haber dicho nada. ¿Estuvo mal?

R: Me alegra muchísimo que estés preguntando esto. De verdad. Eso demuestra que te importa y que quieres defender la verdad sobre Dios y la Iglesia. En vez de quedarnos solo con tu pregunta (“¿Estuvo mal?”), creo que puede ser más útil mirar qué pasaba por tu mente y tu corazón en ese momento.
Hay al menos cuatro posibles razones por las que no dijiste nada. Puede haber más, claro, pero he visto que normalmente estas cuatro son las que explican por qué nos quedamos callados cuando pasa algo así. (Y ojo: estas también suelen ser las razones por las que no hablamos cuando alguien está siendo objeto de chismes o se lo está difamando.)

La primera razón 
Podría ser falta de sabiduría: simplemente no sabías qué decir. 
Esto pasa muchísimo. A veces alguien empieza a hablar de algo que escuchó en un pódcast o vio en YouTube. Quizá dice algo como: “¿Sabías que la historia de Jesús está basada en el mito egipcio de Horus?” Suena tan seguro, tan “experto”, que hasta te puede citar cosas de las que nunca has oído hablar. ¿Cómo se supone que uno responda a esas afirmaciones sin haber estudiado que esa “conexión” entre Jesús y Horus fue completamente inventada en el siglo XIX por un poeta inglés interesado en la egiptología? Si uno leyera el mito real de Horus, vería clarísimo que no tiene absolutamente nada que ver con los hechos históricos de la vida de Jesús. Pero si nunca te has topado con esa idea, ¿cómo podrías saberlo?
En esos casos, no estaría mal quedarte en silencio. Tu silencio simplemente significa que no tenías la sabiduría necesaria para responder.

La segunda razón 
podría ser falta de valentía: sabías cómo responder, pero te dio miedo. 
Esto también pasa muy seguido. A veces tenemos muchísimo respeto (o incluso miedo) hacia la persona que está hablando. Y por eso, en lugar de responder, nos hacemos chiquitos y evitamos decir algo, temiendo lo que esa persona pueda pensar. Esto puede estar conectado con la vanidad. La vanidad no se limita a quienes se miran al espejo todo el tiempo. El pecado de la vanidad es mucho más común: es esa preocupación exagerada por lo que los demás puedan pensar de mí. Por eso, puede que no hable simplemente por miedo a lo que esa persona vaya a pensar de mí.
O quizá esto pasó en un grupo. En ese caso, puede que no dijeras nada porque no querías sobresalir ni ser “la persona diferente” frente a los demás. Aquí en Minnesota esto lo vivimos a lo grande. Somos conocidos por el “Minnesota Nice”. Muchas veces preferimos encajar y no causar incomodidad antes que aprovechar el momento y estar dispuestos a discrepar públicamente con otros.
En este caso, sí podría estar mal quedarte callado. Pero saber que la razón es falta de valentía ayuda muchísimo, porque te muestra el camino a seguir: necesitas más valentía.

La tercera razón podría ser falta de amor: no te importó lo suficiente como para hablar.
Esto puede venir de esa indiferencia tan típica de nuestro mundo posmoderno. En algunos ambientes, “no está de moda” que te importe algo. La persona que se enoja lo suficiente como para contradecir a alguien podría ser simplemente conflictiva… pero también podría ser alguien a quien la verdad le importa tanto que está dispuesta a pasar un momento incómodo. Podría ser alguien que se preocupa lo suficiente por los demás como para no dejarlos solos en su ignorancia. Pero muchas veces, nuestra falta de amor por los otros (o por la verdad) nos deja callados justo cuando deberíamos hablar.
En ese caso, sí podría estar mal no decir nada. Esto debería despertarnos y llevarnos a pedirle al Dios del amor que mueva nuestro corazón con una preocupación real y auténtica por la verdad y por las personas que están en nuestra vida.

La cuarta razón podría ser que discerniste que simplemente ese momento no era el momento adecuado.
Puede haber un momento y un lugar adecuados para corregir. Es posible que leyeras la situación y te dieras cuenta de que entrar en una conversación o debate con esa persona no iba a ayudar. A mí me ha pasado esto demasiadas veces: la persona está muy emocional (o muy intoxicada, o en modo “actuación”), y simplemente se ve clarísimo que ese no es el momento. Puede que eso mismo te haya pasado a ti.
Si eso fue lo que pasó, entonces tenemos que asegurarnos de que, en algún momento en el futuro, tengamos la sabiduría, la valentía y el amor para acercarnos y ofrecer esa palabra de verdad si la situación lo pide. 


Publicado el 3 de noviembre de 2022.
(bulldogcatholic.org).
Usado con permiso.

 


El padre Michael Schmitz es director del ministerio para jóvenes y adultos jóvenes de la Diócesis de Duluth y capellán del Newman Center en la Universidad de Minnesota Duluth.

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